Por dónde empezar si acabas de terminar

“Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”
Groucho Marx

¿Recordáis cómo os sentíais cuando estabais casi a punto de terminar vuestra formación en Sexología? ¿Cuando sabías que, más pronto que tarde, esos fines de semana formativos llegarían a su fin? Seguro que pensabas que el resto de la gente (profesores, familiares…) parecían asumir que ya debías de saber todo lo que necesitabas para empoderarte dentro de tu oficio sexológico, mientras que tú sentías que no tenías ni pajolera idea de nada, ¿verdad?
Yo, a eso lo llamo el síndrome del “S terminal”, por analogía con el de “R terminal” que utilizamos en los hospitales para denominar a los residentes que están a punto de terminar su especialidad. Cuando tienes este síndrome somatizas todo lo somatizable, duermes mal, estás intranquilo, comes de menos o de más (la ansiedad tiene diversidad de formas de presentarse) y te zambulles en las redes sociales dando al “me gusta” a miles de asociaciones, profesionales y vídeos relacionados con el sexo, con la esperanza de que alguien o algo te ilumine la oscuridad de tu incertidumbre por saber qué pasará contigo dentro de unos meses.
Te cuentan, te dicen, que existen multitud de posibilidades: dedicarse a la educación sexual; realizar asesoramiento o terapia, ya sea sexual o de pareja; te informan de los arduos procesos burocráticos que necesitas realizar para darte de alta de autónomo; te informan de seguros de responsabilidad civil; te cuentan acerca de las eternas necesidades de todos los usuarios, así como de la escasez de las ofertas públicas que las satisfagan a pesar de esa gran demanda poblacional… Un sinfín de opciones entre el laberinto de tus dudas.
Y la pregunta clave es: ¿a qué quieres dedicarte? Si en un futuro, dentro de cinco años, pudieras verte ejerciendo, ¿qué proyecto te gustaría estar desarrollando: uno educacional o uno más terapéutico? ¿Ambos, quizá?
¿Lo sabes?, ¿has podido percibir alguna vez el gusanillo de entrar en un aula, de conectar con el público adolescente (o no tan adolescente) y vivir el poder de deconstruir tantos errores educacionales, antes de comenzar a sembrar otra vez desde cero? La imagen de sus miradas, a camino entre el asombro y la expectación, es difícil de olvidar. Tanto o más que aquellas ocasiones en que se te acercan en la puerta del aula, justo cuando te ibas y te dicen, casi susurrándote: “gracias, me ha gustado mucho la clase y he aprendido una barbaridad”. ¿Y qué me dices de las veces en que una pareja que estaba a punto de romper por culpa de sus disensiones comunicativas, tras sólo un puñado de sesiones, entran en tu despacho agarrados de la mano y envueltos en una complicidad que se percibe en el ambiente? Eso hay que vivirlo, al menos una vez, antes de decidir qué hacer: si luchar por tus sueños o tirar la toalla antes de comenzar el duelo con el destino. ¡Esas sensaciones, colega y compañero, serían las que deberíamos de recordar cuando dudemos en el fragor de la batalla..!

Imagen del texto: The end, escrito en la arena de la playa

Si has llegado al final de tu primera etapa formativa, ya que en realidad nos estamos formando eternamente, te habrás dado cuenta (y, si no, piénsalo esta noche con tu almohada) de que la sexología te enamoró en algún momento del proceso. No recuerdas cómo fue, ni dónde ni por quién, pero sus enseñanzas te fueron cautivando, atrapando y meciendo entre los brazos, haciéndote querer saber cada día más, más y más. Porque cuanto más estudiabas, más claro tenías que no sabías nada. Hablabas de tu amor por la calle, se lo contabas a tus amigos y familiares a cualquier hora y en cualquier lugar. Y ellos, con cierto estupor ante tus palabras, confiaban y anhelaban que no fuera más que otro capricho debido una adolescencia tardía y que, pronto, tu pasión se diluyera. Pero tú, cuanto más dudaban ellos, más seguro te sentías y más inamovibles eran tus sentimientos. En más de un café habrás discutido sobre las diversidades y las peculiaridades de la erótica con algún Australopithecus perdido en pleno siglo XXI y te habrás echado las manos a la cabeza porque, algo que tú ves con tanta claridad, los demás no son capaces de hacerse ni siquiera una ligerísima idea a pesar de habérselo explicado en numerosas ocasiones.
Eso, querido mío, eso es amor y debes luchar por él con uñas y dientes.

Y la pregunta es: ¿cómo lo haces?

Primero: decide a que te quieres dedicar; mira las ventajas y los inconvenientes; trata de vivir la experiencia más allá de los libros. Seguro que ahora que comienza el curso, si le pides a otro sexólogo que esté viviendo ya de la sexología que te deje entrar en sus aulas o asistir a una de sus terapias, dispondrá de recursos para que puedas hacerlo. Seguro que se sentirá elogiado de que quieras beber de la fuente de sus conocimientos. Cuando salgas, no olvides trasladar a un papel todo ese torbellino de emociones que has percibido. ¡Escribe todo aquello que se te pase por la cabeza para que no olvides nada!

Segundo y último: ¡pasa a la acción! Si crees que te faltan herramientas, fórmate; si necesitas leer más libros, vete a una librería especializada o pídele a otro profesional que te recomiende algún título imprescindible. Pero no te detengas. Porque la fase de enamoramiento, como ocurre en las relaciones de pareja, puede transformarse en amor romántico o fallecer en el olvido. Y tú, esto último, ni lo quieres ni te lo planteas.

Llama a las puertas, escríbeles un “messenger” o localiza su “WhatsApp”, pero trata de hablar con alguien que ya viva de la sexologia y que te cuente su “storytelling”.
Recuerda que el “no” ya lo tienes así que, ¿qué puedes perder? NADA. ¿Qué puedes ganar? TODO. ¿Merece la pena arriesgarse? ¡Por supuesto! No obstante, mi móvil siempre estará disponible por si quieres charlar.

¡A por la semana!

Rosa Montaña

¿Te ha gustado? ¡Compártelo!