¿QUIERO SER SEXÓLOGO?

“Si piensas que la formación es cara, prueba con la ignorancia”
Benjamin Franklin

Si me estás leyendo, es muy probable que hayas finalizado algún master de sexología. Apostaría a que tu diploma, enmarcado como objeto valioso, decora la pared más visible de tu cuarto o de tu despacho. Pero estamos en el siglo XXI y el tiempo de las “titulitis” ya finalizó. Los que prosperan son aquellos que poseen talento, es decir, que son capaces con sus herramientas, y no con la caja que las encierra, de vivir de aquello que les apasiona. Por eso, un título no te define si no eres capaz de demostrar, más allá del papel, qué es lo que eres. Yo tengo un título que pone “Licenciada en medicina y cirugía general” pero nunca me atrevería a coger un bisturí en un quirófano, y espero que nadie quiera ponerse a tiro nunca.

Por eso hoy me gustaría explorar más a fondo este “ser sexólogo” con el que abrimos el post de la semana. Podríamos asumir tres niveles del ser sexólogo.

Un primer nivel, más bien relacionado con el “querer ser sexólogo”, que es algo así como esperar que, tras conseguir de la acreditación correspondiente, nos caiga llovido del cielo el puesto de nuestros sueños. Queremos “tener”, pero el “querer” o el “desear” no tienen porqué corresponderse con el “tener”. Se necesita mucho más que sólo “querer” para lograr nuestros sueños. La realidad la tienes delante de ti: ¿cuántos sexólogos titulados ejercen realmente su profesión? Piensa en todos aquellos que compartieron pupitre contigo y cuéntalos.

En un segundo nivel, aparecería el “elijo ser sexólogo”. Esto implica convertirte en el profesional con el que soñaste ser. Lo eliges, por lo que decides y te haces responsable de crear tu propia realidad, eliminando cualquier otra alternativa.

Y existe un tercer nivel en el que “te comprometes a ser sexólogo”. Es decir, te dedicas sin ninguna reserva a conseguirlo. Das el cien por cien, sin excusas ni peros que valgan. En este nivel el fracaso no es una opción y eres capaz de morir en el intento por conseguirlo. ¿Qué tal si lo dices en alto?

Yo ______ me comprometo a ser sexólog@ y a vivir de la sexología antes de _______ (fecha)

Imagen de compromiso con el texto: ¿y tu? Me comprometo

¿Qué sensación te produce? Es posible que la frase te empodere y digas: “a por todas”; o puede que te intimide, debido a que tanto el fracaso como el éxito te atemorizan.

Busca a alguien en el que confíes para que te valga de testigo y recítale en voz alta tu compromiso. Luego, pídele que lo firme, al lado de tu propia rúbrica. Enmárcalo y cuálgalo, esta vez sí, en un lugar privilegiado para que sea lo primero que veas todos los días nada más levantarte. Que sirva de recordatorio para nuestra laxa memoria. Repítetelo cada día en voz alta delante del espejo, con la mano en el pecho antes de dormir para que, incluso dormido, no te olvides de tu compromiso.

No quiero que me digas: “Rosa, te prometo que lo estoy intentando”. Porque intentarlo no es suficiente (siento ser tan dura). Comprometerte es dedicarte a ello en cuerpo y alma. Ser sexólogo requiere enfoque, valor, conocimientos y pericia. Requiere dar todo tu esfuerzo sin rendirte nunca, a pesar de lo que otros piensen o digan de ti. Por si a ti te vale de ejemplo, yo no pienso rendirme nunca.

Nuestra profesión, me imagino que la de cualquiera, requiere estar al día. Y no sólo de las últimas técnicas o de los últimos manuales sexológicos que veamos en las estanterías de las bibliotecas, que también, sino de todo aquello que no nos enseñan en nuestra formación y que resulta imprescindible para llegar hasta el cliente potencial, para que sepa de nuestra existencia y, así, podamos ayudarle con toda nuestra sabiduría en sus dificultades. Estoy hablando de marketing.

¿Cómo lo haces? La formación es condición sine qua non. Es necesario que puedas leer al menos un libro a la semana. No me digas: “¿un libro a la semana? ¡No tengo tiempo!” Hemos dicho que nos comprometíamos con lo que hiciera falta. Sé que el día tiene sólo 24 horas y te prometo que duermo, que me río, que viajo con mis hijos, y que me escapo, cada vez que me lo permiten, a beber una cerveza a cualquier terraza con mi pareja. Y sigo leyendo, al menos, un libro semanal. ¿Cómo hacerlo? Personalmente, he reciclado las horas que dedicaba a ver la televisión en tiempo útil de lectura. Me di cuenta de que la televisión no me aportaba nada, o no me aportaba nada positivo, y ahora soy feliz. Llevo siete meses sin ver la televisión. No tengo el cable de antena: lo quitamos. Por lo que tan sólo la uso para ver alguna peli o alguna serie en inglés. Reconozco que alguna noticia recibo, pocas (no vivo aislada), pero filtradas por mis amigos o mis familiares, a través del Facebook o de una llamada social.

Quiero terminar este post recomendándote alguno de los libros que últimamente han reforzado mi sentimiento de compromiso con ser sexóloga, por si te pudieran ser útiles:

La semana laboral de 4 horas (Timothy Ferris), que nos habla de cómo vivir de la profesión que nos apasiona sin tener que estar encerrado en un habitáculo 24 horas al día, o renunciando al resto de nuestros sueños. Simplemente fantástico. ¿Te imaginas trabajar tan sólo 4 horas a la semana y el resto del tiempo invertirlo en viajar para conocer mundo? A mi me ha convencido; y parece que es posible.

Cambia el Chip, cómo afrontar los cambios que parecen imposibles (Chip Heath y Dan Heath). De lectura obligada, nos proporciona herramientas para lograr el cambio en nuestras vidas y en la de nuestros clientes. Escrito en la clave de la terapia centrada en soluciones.

Construye tu sueño (Luis Huete) donde se nos desvela las claves para compatibilizar el éxito profesional con el logro personal. Sencillo, escrito en tono positivo, ambicioso y muy humano.

Ahora, ¿tienes algún título en la mente que me quieras aconsejar para leer? Soy toda oídos.

Rosa Montaña

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