¿Resultados dices? Ni idea, no depende de mí

“Las costumbres nos toman en la cuna y nos abandonan en la tumba”
Robert G. Ingersoll

Quiero que, por un momento, te imagines un gigantesco árbol delante de ti. Cerca de tus pies puedes ver algunas de sus raíces ligeramente expuestas; sin embargo, la mayoría de ellas yacen enterradas en la tierra, con sus ramificaciones entrelazadas. Luego, imagínate un frondoso tronco con cientos de corazones tallados en la corteza y alguna que otra cicatriz. Si alzas la vista hacia el cielo, divisarás una fantástica copa con sus ramas, sus hojas de color “verde brillante” y unos apetitosos frutos escondidos entre ellas. ¿Lo puedes ver? Si te cuesta, dibújalo en un papel: te permitirá entender por qué, en ocasiones, no obtienes los resultados que deseas en ese instante.

Primero, piensa en las raíces del árbol. La raíz es el primer órgano embrionario que se desarrolla tras la germinación de la semilla. Suele crecer hacia el interior debido a su geotropismo positivo (atracción hacia la tierra) y a su fototropismo negativo (rechazo a la luz). Las raíces tienen varias funciones: facilitan el anclaje al suelo, absorben el agua y los nutrientes de la tierra, acumulan reservas y permiten la comunicación con otros árboles. Realizando un símil de tu vida con un árbol, las raíces serían tus creencias: el conjunto de saberes y principios ideológicos que aprendes desde que eres un bebé. Tus creencias son consecuencia de toda la información que recibes de tu entorno, de tus padres, de otros familiares, de maestros, incluso de tus amistades. En muchas ocasiones, ni siquiera eres consciente de su impregnación en tu corteza cerebral. De tal modo que pudiste estar viendo la tele mientras gateabas y haber visto anuncios de juguetes que tenían que ver con la crianza atribuidos a la mujer; y anuncios relacionados con la aventura, el riesgo y la construcción atribuidos al varón. ¿Te influirán estos spots publicitarios en la manera de entender la vida? Es evidente que sí. ¿Existirá alguna diferencia entre el hecho de que tus padres te repitan hasta la saciedad: “no vales para nada” y que, por el contrario, te recuerden constantemente: “todo lo que quieras en tu vida, si lo intentas, serás capaz de lograrlo”? Suena a perogrullo, pero lo triste es que es habitual que suceda.

De este modo, puedes dividir tus creencias en: “LIMITANTES” y “EMPODERANTES”.

Las creencias limitantes son aquellas que, como bien define el propio término, te limitan a seguir creciendo, te ponen trabas. Ejemplos de frases limitantes que sueles oír (y terminas creyéndote) serían: “no serás nunca bueno en las finanzas”, “al menos eres simpática”, “nunca podrás ser delgada”, “eres un pequeño desastre, con todo tirado a tu alrededor”, “tú, para estudiar, no vales”, “no creas que sólo por soñarlo lo conseguirás”, “más vale que te dediques a algo de provecho en tu vida”… y, así, podría continuar escribiendo más de un folio entero. ¿Te resultan familiares?, ¿las oíste alguna vez? ¡Ojalá que tu respuesta sea un gran y rotundo “NO”!. Cada día, en la consulta, veo a clientes que, cuando se lo pregunto, me miran y me dicen: “¿cuántos quieres? ¡Sólo cinco! Es fácil”. Son personas que tienen tan tatuadas esas frases, u otras similares, que las llegan a considerar leyes inmutables, dogmas de fe que les frenan a la hora de actuar y de sentir.

Las creencias empoderantes, en cambio, son aquellas que te estimulan, que te hacen crecer, que te otorgan autoconfianza. Son del siguiente tipo: “algún día serás un referente”, “nunca nadie me trasmitió tanto como tú”, “brillas cuando sales al escenario y comunicas”, “tus cuadros tienen arte”…

Dependiendo de cómo haya sido tu biografía, es posible que tengas más creencias de un tipo que del otro. Dependiendo del tipo que predomine, así será el nivel de tu autoestima.
Si tus raíces son fuertes y sanas, darán lugar a un espectacular tronco. El tronco son el equivalente, utilizando el símil anterior, a tus emociones. Es decir, a cómo te sientes. Dependiendo de cómo sean tus emociones, actuarás de un modo u otro. Así, si estás apático, triste y desanimado, tus acciones serán negativas. Tanto, que incluso podrías abandonar lo que realmente quieres y deseas, sin ni siquiera haberlo intentado. ¿Y cómo serán, entonces, tus resultados: los frutos de tu árbol? Inexistentes o pochos. En cambio, si te encuentras positivo, alegre y optimista, entonces, sí que querrás comerte el mundo y actuarás de dicho modo. Y seguro que lo logras a pequeños bocados. Recuerda el siguiente diagrama hasta que lo memorices:

CREENCIAS————> EMOCIONES ———> ACCIONES ———> RESULTADOS

Tus resultados son consecuencias de tus creencias”. Tienes toda la responsabilidad sobre tus ideas. ¿Y qué implica esto, a la hora de la verdad? Que tú, y sólo tú, decides qué ideas entran en tu cabecita, qué lees cada día, qué pelis ves, cómo inviertes tu tiempo. Va siendo hora de que, si te criaron con creencias limitantes (seguro que de forma inconsciente), digas: “¡basta!” y saques de tu cerebro todas las informaciones que son tóxicas, reciclándolas por pensamientos enriquecedores. Es el momento de minar tu mente con información referente a aquellos temas relacionados con tus objetivos. Desecha el resto de contenidos: no te aportan nada y sólo ocupan sitio. Deja de echar la culpa a otros: “ya, es que…”, “si no me hubieran dicho…”. Excusas y más excusas. Puedes seguir usándolas el resto de tu vida o decidir actuar de una vez por todas.

¿Quieres cambiar y prescindir de tus creencias limitantes?

Comienza rehaciendo una de tus creencias limitante para convertirla en empoderante, con palabras positivas. Escríbela en un folio, plastifícala y ponla en un sitio visible para que puedas repetírtela varias veces cada día, mirándote en el espejo, en voz alta y con toda la emoción de que dispongas. Repítela hasta que te deje de chirriar. A modo de ejemplo, si tu creencia es: “tú no eres buena escribiendo”, tu declaración ante el espejo podría ser: “soy escritora cada día que plasmo en un papel mis saberes, con mis palabras, y lo publico cada lunes”. Te aviso que es muy probable que tu vocecita interior te diga: “¿escritora?, vamos anda…a cualquier cosa le llaman escribir”. Si esto sucede, es muy probable que tus creencias te lleven años de ventaja. Vuelve a mirarte en el espejo y, con mayor firmeza, repite: “soy escritora cada día que plasmo en un papel mis saberes, con mis palabras, y lo publico cada lunes”.

Tardarás un tiempo en cambiar tus pensamientos pero, hasta entonces, actúa y no esperes. Porque el camino se recorre andando. Es decir, que se puede actuar aunque no estés convencido. El mero hecho del cambio, de tu actuación, hace que te sientas mejor y vayas, al tiempo, rompiendo tus creencias al darte cuenta que no era verdad lo que el resto decían sobre ti.

¡Son buenas noticias! Tus resultados sólo dependen de ti. Mira de nuevo el árbol. Echa un vistazo a tus creencias y escríbelas. Empieza hoy mismo, no mañana, a cambiar aquellas cosas con las que no estés de acuerdo. Continua tu viaje rumbo al objetivo de tus sueños.

imagen de una plaza con árboles

Rosa Montaña

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